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Por: Alexis Diaz
EL CUENTO DEL FUTBOL: Una bruja tras el balón

Sus ojos aniquilados,  como de uva pasa,  acentuaban aún más su halo de mísero  misterio. Los tenía atizados de un fulgor incierto.  Redonda y maciza, como una Ceiba; derrotada por su peso en una silla de cuero,  dejaba al garete los muslos  seducidos por las  várices. En uno de ellos fungía una cicatriz de guerrero espartano, renuente a desaparecer bajo el oleaje  de sus arrugas. Consumía al tiempo los tres tabacos con ímpetu casi lúbrico. Los fuelles de su boca tenían la fortaleza de un dragón intoxicado, y la intrepidez de una locomotora suicida. Desmadejada en su trono, parecía la efigie alucinante de  una vaca desnucada   en la caligrafía   de su propio humo.


Su visitante la observaba sin sorpresas, pero asestada por el golpe seco de sus fatalidades. La cliente cruzó las piernas sacudiendo indistintamente sus pies. Del terminal de transporte a la vetusta vivienda había unos cinco kilómetros y eso la traía sofreída en los vapores de su blusa. En casa, su marido atareado en el almuerzo imaginaba a la mujer en el taller de su cuñada. Ella hacía un poco de todo, poniéndole trampas a la vida.  En el transcurso del  viaje echó de menos un arete  de oro macizo, zurcido en forma de pluma, cuya pérdida  aliñó los presagios de su mala suerte. Sus manos esqueléticas, entrecruzadas sobre el chasis de sus caderas,  acariciaban la eventualidad de dos respuestas salvadoras.


Inílida  Cervantes era cienaguera, pero residía en el pueblo desde hacía treinticuatro años.  A los veinticinco había sido prostituta por casualidad, pero se echó a rodar por el país bajo una carpa de circo, imbuida por el magnetismo de Orestes Egurrola, un guajiro que decía haberse fajado a trompadas con un emisario de las potestades demoníacas. Orestes era cuentero, lector de barajas, cantante, equilibrista y vendedor de pócimas  milagrosas entre otras especialidades; pero sus dotes artísticas llevaban al paroxismo cuando lanzaba cuchillos  con los ojos vendados a Inílida. Un buen día, abatido por las coses de sus embelecos decidió echar raíces en Garzón  y no tentar más al destino.  Fue la noche en que lanzó su último cuchillo. El acero mordió la entrepierna de Inílida,  y de paso hirió de muerte el ego  del guajiro.


El embate de los años siguientes, y las rogativas insobornables de su estómago, despertaron en Inílida un admirable espíritu de competencia. Equiparó a su marido en toda ciencia oculta, desempolvando libracos nutridos con fórmulas hediondas, y reciclando cuanta engañifa alimentara el deseo malsano de las gentes por lo impredecidle. Fue ahí donde comprendió que traía muy escondidas sus dotes para enfrentarse con el mal destino de sus clientes, o para infringir castigo a aquellos cuya impúdica conducta lacerara el corazón de esposas insatisfechas y mozas desquiciadas. Los malos vecinos tampoco escaparon a sus artes. Ligas, conjuros, hechizos, encierros, sortilegios, embrujos, riegos, ensalmos, talismanes, exorcismos, salamientos, y uno que otro maleficio, rigurosamente tipificados, le dieron la fama suficiente para cautivar a no pocos desgraciados.


Su lóbrego acervo creció en la Jagua, un pueblo cercano a Garzón, donde las brujas se crían silvestres como las naranjas agrias, y otrora remanso secreto de famosos actores de televisión. Su intercambio de credenciales comenzó con sus visitas los domingos a “Mi Ranchito”, un bailadero tan antiguo como el río Suaza. La fervorosa incursión de Inílida en  las entrañas de lo desconocido, dejó a Orestes relegado a la vera del camino, sumido por su mujer  en la insipiencia, desgranando la escasa vida productiva que le quedaba, como matarife en la pesa de Garzón.  A Orestes Egurrola lo mató una cirrosis en el alma, un viernes santo en medio de una borrachera.


Inílida Cervantes no tenía sala de espera. Su acérrima clientela se acurrucaba en los escasos taburetes que tenía en el patio; los que no alcanzaban, se agazapaban  en el empedrado bajo la fronda de un almendro. Los martes y los viernes, según su breviario, eran los más indicados para invertir en trabajos especiales. Por eso su clientela era más asidua aquellos días.


La bruja se tragó de una mirada a su devota visitante. La mujer soportaba con decoro el humo que reñía por ahogarla.  Inílida hizo una pausa en sus pesquisas, y sin advertirlo levantó el fardo de sus miserias para ir hasta una habitación contigua. Allí soltó una retreta de pedos,  con acento agudo pero no menos grave;  creyéndose más segura, pero no menos exenta. - ¡Es el  bofe. Hoy tocó fritarlo con manteca! -  Rezongó la pitonisa, investida de una súbita licencia para cagarse en público, al tiempo que soltaba  sin recato  otro motín de gases. Al fin y al cabo reinaba en sus  propios dominios. O como quien dice: al que le guste que le cueste. La hechicera volvió a su silla, afectando nuevamente su cara con esguinces de solemnidad.


“Para la próxima tráeme velones y cintas rojas. No se te olvide que no doy más de un crédito,  Y eso por ser a ti. Te aseguro que él negocio va volver a levantarse. Tienes al lado un vecino que te carga envidia; el maldito te tiene trabajada niña. Si puedes conseguirme un cabello o una prenda de ese hijuemadre, mucho mejor “.


La mujer asintió con un raro entrevero de nerviosismo y beatitud. Luego levantó las cejas como pudo, para darle un impulso valiente a sus ojos estropeados. Entonces Mariela, como se llamaba la cliente de turno, desembuchó lo otro que la traía atorada.


- y lo del equipo qué sumercé.  No le hacemos un gol a nadie. Seguimos perdiendo a pesar de jugar bien.  Lo que ese arquero no cogía, pegaba en los palos, o se iba por encima de la portería, Usted viera.

- Y usted qué tiene que ver con el equipo ese?

- Nada, solo que quiero mucho al Deportivo. Mi negocio queda al frente del estadio.

- Pues ya te dije mujer. A ese equipo le están haciendo un trabajo ni el hijuemadre. Mierda, es que lo quieren hacer descender a la brava. Son  otros cuatro equipos, y el círculo para bloquearlo lo están cerrando en una ciudad de la costa. Hasta ahí te puedo decir.  Háblate con alguno de ellos, y si puedes con el presidente. O con ese periodista amigo tuyo, para que les lleve la razón. Pero que vengan, carajo. Necesito otro tipo de vibraciones porque las tuyas no dan pa´más.  Ahh, y que se vengan con una platica.


Mariela se endilgó unos instantes de calma, solo para repasar las imágenes del último partido, sobre todo esa última jugada. Es que el futbol es el amante, en este caso de las esposas fieles. El arquero de la visita había soltado la pelota a solo tres metros. El rebote cayó a los pies de Eleazar, que intuitivo pisó encarnizado el área. Con todo el arco a su antojo, disparó con convicción pero falló. O no falló, pero es la hora y nadie entiende de dónde apareció el guardavallas, que en una reacción fantasmagórica, y todavía en el suelo, sacó la pelota a un costado. La próvida imaginación de la mujer se llenó de elucubraciones pavorosas, y de inmediato recordó el gato pardo que en el descanso despuntó por la banda de oriental, y lo asoció con el rostro ruin del celador, sospechoso hasta de lo que no decía. Y luego el tirazo de Palencia sobre el travesaño, y el mano a mano de Barona; tan fallido como los bombazos  de Velásquez  y las arremetidas de Cordobés. En cambio ellos, solo llegaron dos veces claras para meterla.


La estrechez de tantos visitantes no le había dejado nunca a la Cervantes las ganancias requeridas, Pero esta hincha de mierda completaba el manual de intransigencias y manías humanas, que frisaban con el fanatismo. Nunca había pisado un andén universitario, pero desde su rango competía con el más avisado psicólogo. Su cliente encarnaba el eslabón perdido de las más tórridas obsesiones, aleatorias a la naturaleza de los mortales. Pero lo que  la bruja aún no podía atinar, era dónde quebrar el lindero imperceptible entre el legítimo desvarío y la estupidez artera. - Estamos jodidos, el balón no quiere entrar y usted debería ayudarnos  - musitó con verdadero espanto Mariela- magullada por la impotencia, mientras  las hendijas de sus ojos oblicuos  desgajaban dos lagrimones audaces.


La bruja miraba a la mujer sin inmutarse.  La repasó de los pies a la cabeza sin pestañear, Con los ojos invadidos de un pesar sin afanes. Meramente   protocolario, mientras afuera el sol de mediodía, ponía a prueba a  la  impasible clientela. Mariela hacía parte de una rara especie en extinción. Era de esos adictos acorazados, que con las botas puestas asumían las desgracias de su equipo, así les tocara buscar la panacea en la vera del mismísimo diantre.  Era cierto que el bar parecía condenado al fracaso. Pero ella, sin que nadie lo supiera, fermentada en los ardores de su intrínseca pasión, parecía gemir mas hondo por los infortunios de su Deportivo.


Inílida Cervantes tosió con el estrépito de un gato en su garganta. El caro mutismo llegó a su fin. Abandonada a su suerte, Mariela entendió los códigos de la bruja, y con un pundonor teatral, dejó que sus lágrimas siguieran rodando mientras salía del habitáculo sin despedirse. – Nos vemos la semana entrante-  blandió la bruja en tanto abría la puerta.



Por Alexis Días

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