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Sus ojos aniquilados, como de
uva pasa, acentuaban aún más su halo de mísero misterio. Los tenía atizados de
un fulgor incierto. Redonda y maciza, como una Ceiba; derrotada por su peso en
una silla de cuero, dejaba al garete los muslos seducidos por las várices. En
uno de ellos fungía una cicatriz de guerrero espartano, renuente a desaparecer
bajo el oleaje de sus arrugas. Consumía al tiempo los tres tabacos con ímpetu
casi lúbrico. Los fuelles de su boca tenían la fortaleza de un dragón
intoxicado, y la intrepidez de una locomotora suicida. Desmadejada en su trono,
parecía la efigie alucinante de una vaca desnucada en la caligrafía de su
propio humo.
Su visitante la observaba sin
sorpresas, pero asestada por el golpe seco de sus fatalidades. La cliente cruzó
las piernas sacudiendo indistintamente sus pies. Del terminal de transporte a la
vetusta vivienda había unos cinco kilómetros y eso la traía sofreída en los
vapores de su blusa. En casa, su marido atareado en el almuerzo imaginaba a la
mujer en el taller de su cuñada. Ella hacía un poco de todo, poniéndole trampas
a la vida. En el transcurso del viaje echó de menos un arete de oro macizo,
zurcido en forma de pluma, cuya pérdida aliñó los presagios de su mala suerte.
Sus manos esqueléticas, entrecruzadas sobre el chasis de sus caderas,
acariciaban la eventualidad de dos respuestas salvadoras.
Inílida Cervantes era
cienaguera, pero residía en el pueblo desde hacía treinticuatro años. A los
veinticinco había sido prostituta por casualidad, pero se echó a rodar por el
país bajo una carpa de circo, imbuida por el magnetismo de Orestes Egurrola, un
guajiro que decía haberse fajado a trompadas con un emisario de las potestades
demoníacas. Orestes era cuentero, lector de barajas, cantante, equilibrista y
vendedor de pócimas milagrosas entre otras especialidades; pero sus dotes
artísticas llevaban al paroxismo cuando lanzaba cuchillos con los ojos vendados
a Inílida. Un buen día, abatido por las coses de sus embelecos decidió echar
raíces en Garzón y no tentar más al destino. Fue la noche en que lanzó su
último cuchillo. El acero mordió la entrepierna de Inílida, y de paso hirió de
muerte el ego del guajiro.
El embate de los años
siguientes, y las rogativas insobornables de su estómago, despertaron en Inílida
un admirable espíritu de competencia. Equiparó a su marido en toda ciencia
oculta, desempolvando libracos nutridos con fórmulas hediondas, y reciclando
cuanta engañifa alimentara el deseo malsano de las gentes por lo impredecidle.
Fue ahí donde comprendió que traía muy escondidas sus dotes para enfrentarse con
el mal destino de sus clientes, o para infringir castigo a aquellos cuya
impúdica conducta lacerara el corazón de esposas insatisfechas y mozas
desquiciadas. Los malos vecinos tampoco escaparon a sus artes. Ligas, conjuros,
hechizos, encierros, sortilegios, embrujos, riegos, ensalmos, talismanes,
exorcismos, salamientos, y uno que otro maleficio, rigurosamente tipificados, le
dieron la fama suficiente para cautivar a no pocos desgraciados.
Su lóbrego acervo creció en la
Jagua, un pueblo cercano a Garzón, donde las brujas se crían silvestres como las
naranjas agrias, y otrora remanso secreto de famosos actores de televisión. Su
intercambio de credenciales comenzó con sus visitas los domingos a “Mi
Ranchito”, un bailadero tan antiguo como el río Suaza. La fervorosa incursión de
Inílida en las entrañas de lo desconocido, dejó a Orestes relegado a la vera
del camino, sumido por su mujer en la insipiencia, desgranando la escasa vida
productiva que le quedaba, como matarife en la pesa de Garzón. A Orestes
Egurrola lo mató una cirrosis en el alma, un viernes santo en medio de una
borrachera.
Inílida Cervantes no tenía
sala de espera. Su acérrima clientela se acurrucaba en los escasos taburetes que
tenía en el patio; los que no alcanzaban, se agazapaban en el empedrado bajo la
fronda de un almendro. Los martes y los viernes, según su breviario, eran los
más indicados para invertir en trabajos especiales. Por eso su clientela era más
asidua aquellos días.
La bruja se tragó de una
mirada a su devota visitante. La mujer soportaba con decoro el humo que reñía
por ahogarla. Inílida hizo una pausa en sus pesquisas, y sin advertirlo levantó
el fardo de sus miserias para ir hasta una habitación contigua. Allí soltó una
retreta de pedos, con acento agudo pero no menos grave; creyéndose más segura,
pero no menos exenta. - ¡Es el bofe. Hoy tocó fritarlo con manteca! - Rezongó
la pitonisa, investida de una súbita licencia para cagarse en público, al tiempo
que soltaba sin recato otro motín de gases. Al fin y al cabo reinaba en sus
propios dominios. O como quien dice: al que le guste que le cueste. La hechicera
volvió a su silla, afectando nuevamente su cara con esguinces de solemnidad.
“Para la próxima tráeme
velones y cintas rojas. No se te olvide que no doy más de un crédito, Y eso por
ser a ti. Te aseguro que él negocio va volver a levantarse. Tienes al lado un
vecino que te carga envidia; el maldito te tiene trabajada niña. Si puedes
conseguirme un cabello o una prenda de ese hijuemadre, mucho mejor “.
La mujer asintió con un raro
entrevero de nerviosismo y beatitud. Luego levantó las cejas como pudo, para
darle un impulso valiente a sus ojos estropeados. Entonces Mariela, como se
llamaba la cliente de turno, desembuchó lo otro que la traía atorada.
- y lo del equipo qué sumercé. No le hacemos
un gol a nadie. Seguimos perdiendo a pesar de jugar bien. Lo que ese arquero no
cogía, pegaba en los palos, o se iba por encima de la portería, Usted
viera.
- Y usted qué tiene que ver con el equipo
ese?
- Nada, solo que quiero mucho al Deportivo.
Mi negocio queda al frente del estadio.
- Pues ya te dije mujer. A ese equipo le
están haciendo un trabajo ni el hijuemadre. Mierda, es que lo quieren hacer
descender a la brava. Son otros cuatro equipos, y el círculo para bloquearlo lo
están cerrando en una ciudad de la costa. Hasta ahí te puedo decir. Háblate con
alguno de ellos, y si puedes con el presidente. O con ese periodista amigo tuyo,
para que les lleve la razón. Pero que vengan, carajo. Necesito otro tipo de
vibraciones porque las tuyas no dan pa´más. Ahh, y que se vengan con una
platica.
Mariela se endilgó unos
instantes de calma, solo para repasar las imágenes del último partido, sobre
todo esa última jugada. Es que el futbol es el amante, en este caso de las
esposas fieles. El arquero de la visita había soltado la pelota a solo tres
metros. El rebote cayó a los pies de Eleazar, que intuitivo pisó encarnizado el
área. Con todo el arco a su antojo, disparó con convicción pero falló. O no
falló, pero es la hora y nadie entiende de dónde apareció el guardavallas, que
en una reacción fantasmagórica, y todavía en el suelo, sacó la pelota a un
costado. La próvida imaginación de la mujer se llenó de elucubraciones
pavorosas, y de inmediato recordó el gato pardo que en el descanso despuntó por
la banda de oriental, y lo asoció con el rostro ruin del celador, sospechoso
hasta de lo que no decía. Y luego el tirazo de Palencia sobre el travesaño, y el
mano a mano de Barona; tan fallido como los bombazos de Velásquez y las
arremetidas de Cordobés. En cambio ellos, solo llegaron dos veces claras para
meterla.
La estrechez de tantos
visitantes no le había dejado nunca a la Cervantes las ganancias requeridas,
Pero esta hincha de mierda completaba el manual de intransigencias y manías
humanas, que frisaban con el fanatismo. Nunca había pisado un andén
universitario, pero desde su rango competía con el más avisado psicólogo. Su
cliente encarnaba el eslabón perdido de las más tórridas obsesiones, aleatorias
a la naturaleza de los mortales. Pero lo que la bruja aún no podía atinar, era
dónde quebrar el lindero imperceptible entre el legítimo desvarío y la estupidez
artera. - Estamos jodidos, el balón no quiere entrar y usted debería ayudarnos
- musitó con verdadero espanto Mariela- magullada por la impotencia, mientras
las hendijas de sus ojos oblicuos desgajaban dos lagrimones audaces.
La bruja miraba a la mujer sin
inmutarse. La repasó de los pies a la cabeza sin pestañear, Con los ojos
invadidos de un pesar sin afanes. Meramente protocolario, mientras afuera el
sol de mediodía, ponía a prueba a la impasible clientela. Mariela hacía parte
de una rara especie en extinción. Era de esos adictos acorazados, que con las
botas puestas asumían las desgracias de su equipo, así les tocara buscar la
panacea en la vera del mismísimo diantre. Era cierto que el bar parecía
condenado al fracaso. Pero ella, sin que nadie lo supiera, fermentada en los
ardores de su intrínseca pasión, parecía gemir mas hondo por los infortunios de
su Deportivo.
Inílida Cervantes tosió con el
estrépito de un gato en su garganta. El caro mutismo llegó a su fin. Abandonada
a su suerte, Mariela entendió los códigos de la bruja, y con un pundonor
teatral, dejó que sus lágrimas siguieran rodando mientras salía del habitáculo
sin despedirse. – Nos vemos la semana entrante- blandió la bruja en tanto abría
la puerta.
Por Alexis Días |